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domingo, 1 de febrero de 2015

"AGUSTIN Y LA ESPADA DEL VALOR" Y LA ESPADA DEL DERECHO

El estreno en Alemania de la película "Agustín y la Espada del Valor" llevó al eminente jurista y doctor en Derecho Heinrich von Schültz, titular de la cátedra Manfred von Currywurst en la Georg-August-Universität Göttingen sita en Gotinga (Baja Sajonia), a escribir un artículo en la prestigiosa revista "Politikwissenschaft weekly" (que viene como suplemento de la edición alemana de "Hogar y Plantas" de este mes) en el que vierte las reflexiones que ha despertado en él la cinta (o el DVD, el BlueRay o el disco HD o SSD o como quiera que hubieran llevado el film a la sala).

A sugerencia de su suegra, Petra von Grömenauer y de su vecina, Agnes von Akhandemoör, que le convencieron con el argumento de que si los españoles hacen cine la mitad de bien de lo que juegan al fútbol iban a salir encantados, von Schültz llevó a sus hijos Joseph Helmut (9 años) y Ernest Lothar (6 años) a ver la obra que ha dirigido Manuel Siruela y, a la vista del tratamiento que se hace del mundo jurídico, nada más volver a casa se sentó al ordenador y, con sólo una pausa para salir a pasear al perro ("Wolfgang Nepomuk", se llama), escribió del tirón un artículo que hemos creído interesante darle aun becario para que lo traduzca del alemán al español. (También se nos pasó por la cabeza traducirlo del alemán al noruego pero la cantidad de tiempo necesaria y la altísima posibilidad de que nadie se lo fuera a leer en ese idioma nos disuadió de la idea)

Antes de ponerse a leer las opiniones de Herr Docktor von Schültz sobre este largometraje de animación de producción nacional (que ya pueden ir corriendo a comprar el DVD o FlussRay), aclararemos que ha sido producida por los Estudios Kantor, ubicados en Granada y así llamados en honor del matemático alemán (o ruso) Georg Cantor, conocido por su teoría de los conjuntos infinitos. El protagonista, bastante parecido a un joven Fernando Fernán Gómez, contradice los deseos de su padre, que quiere que estudie Derecho, que tiene muchas salidas, y lucha por convertirse en caballero, no en el sentido de ser una persona con educación, sino en el sentido de pasearse con una armadura presto a desfacer entuertos. La pega es que la profesión elegida ha sido ilegalizada, cual si su propio padre hubiese dictado una Ley Keen a lo "Watchmen", la que prohibía a la gente pasearse enmascarada sacudiendo a los malhechores (para entender decisiones así no deberíamos olvidar que en el mundo real, en el cual se basa siquiera levemente la ficción que consumimos, una de las pocas experiencias de gente enmascarada imponiendo su versión de lo que es el orden fue el "Ku Klux Klan"). La trama así contada no parece muy distinta de los esfuerzos de la protagonista de "Flashdance" por llegar a la fama, por ejemplo, así que los guionistas se vieron obligados a  complicarla con un complot para hacerse con el reino por parte de un caballero renegado. Y hasta ahí podemos leer, que no es cosa de destripar el argumento. Compren el DVD, compren.

He de decir que del visionado de esa película de dibujos animados titulada "Justin" he salido profundamente ofendido en mis convicciones. Usualmente eso sólo me pasaba con películas americanas que hacían que saliera espeluznado, pero veo que el sector audovisual español también es capaz de llegar a este punto. Aunque afortunadamente la cinta no hace referencia ninguna al cantante canadiense Justin Bieber o, peor aún sería, a la obra del Marqués de Sade "Justine o los infortunios de la virtud", sí que se percibe que sus autores han encontrado un placer más que evidente en subvertir alguno de los principios básicos de la moralidad, en este caso pública.

El núcleo de la historia es la lucha entre los deseos de un padre de darle a su hijo un trabajo como abogado y los caprichos infantiles de éste por ejercer lo que no se puede sino calificar como "vigilantismo" en una clara vulneración del Imperio de la Ley ("rechstaat", que le decimos por aquí). Resulta terrible comprobar que, y mira [N. B. (Nota del Blog, no Nota Bene): Este blog quiere pedir disculpas porque No nos parece una traducción muy fina la que emplea expresiones como "Y mira ..." pero es lo que tiene recurrir a becarios] que ha llovido desde los tiempos del Código de Hammurabi, se presente en la ficción popular como deseable que algunas personas,  desde una visión personal e individualista que se basa únicamente en "cumplir su sueño", se erijan al tiempo en policía, juez y verdugo (sí, esto va por las películas del Juez Dredd). [N.B: Ídem con "sí, esto va". Disculpas avergonzadas una vez más]


Vemos cómo el protagonista es adiestrado por tres "caballeros" retirados para poder llevar a cabo sus funciones de mantenimiento del orden ... pero, ¿qué orden? ¿Un orden burgués basado únicamente en el respeto del derecho de propiedad, que reprime duramente todo acto de latrocinio pero que bendice las desigualdades que lo acaban induciendo? ¿O, como parece ser el caso, un orden aristocrático, que consagra los privilegios hereditarios surgidos de las virtudes, cómo no, militares? Todo el entrenamiento parece consistir en mejorar el ejercicio de la violencia, pero jamás en explicarle en qué situaciones es necesario utilizar la coacción ni cuál es su fuente de legitimidad (para entonces yo ya era consciente de que pedir siquiera una referencia a Max Weber y su visión del Estado como único detentador del monopolio de la violencia hubiese sido pedir peras al olmo). Esa es la costumbre de tantas películas estadounidenses de policías en las que se muestra con todo lujo de detalles la preparación para el uso de las armas de fuego y, por supuesto, las situaciones en que las esgrimen, pero nunca el trabajo de prevención de la delincuencia, por ejemplo (quitando las tareas de vigilancia que inevitablemente incluyen un momento de compra de hamburguesas o de donuts)


La película (una sobrina me ha dicho que, antes de comentar lo que voy a comentar, y para evitar enfados innecesarios a aquellos lectores que quieren permanecer en la ignorancia del desenlace, debería escribir "OJO: SPOILER") termina con el rechazo exitoso y llevado a cabo de manera individual, por parte de, quién si no, el protagonista de una invasión orquestada por un antiguo caballero renegado el cual, para mayor satisfacción por parte del público, fue el que mató al abuelo del protagonista. La reina, alborozada, en vez de convencerse definitivamente de que este tipo de personajes con acceso a las armas son un peligro, levanta la prohibición para que el muchacho pueda ya pasearse a caballo, imponiendo el orden por doquier y autorizado como caballero para ejercer funciones públicas.

Dado el pobre bagaje jurídico de los creadores, posiblemente causado porque durante la clase de "Educación para la Ciudadanía" se dedicaron a leer tebeos o a hacer garabatos en los márgenes del libro, no resulta extraño que en este tipo de ficción en vez de a la "Espada de la ley" que simboliza el poder coercitivo pero legitimado del Estado ("dura lex sed lex"), se rinda culto a la "espada del valor" como muestra de la testosterona y la arbitrariedad de un único personaje providencial como el "Gran Legislador" de Rousseau, el "Cirujano de hierro " de Ortega y Gasset o el teniente Callahan, de "Harry el Sucio".

Espada de Justicia alemana data en 1693, cortesía del Museo Británico
Probablemente, estos conceptos vengan de una cultura política española en la que, según se me comenta, raro es no oir de vez en cuando deseos de renovación política y social expresados en la forma "Aquí hace falta un tío con dos cojones", una apelación a la fisiología (y más en concreto, al tamaño de los testículos) que se me hace muy extraña como forma de legitimidad carismática (atributos que, afortunadamente y dado el público al que se orienta, no muestra en ningún momento el protagonista de esta película). Por el bienestar de nuestros socios comunitarios españoles, espero que no lleven al extremo esta pulsión suya, capaz de dejar fuera de la vida política a aquellos que no puedan presumir de unos genitales de un tamaño respetable.

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¿De qué va esto?

No sabéis dónde os metéis .... Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia del todo, pero casi. Friquis, aznarquis, hards, gafapastas, conanianos, trekkies ... todos ellos pasados por la turmix (o la thermomix) de la parodia.