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lunes, 26 de noviembre de 2007

CONTRA LA APATÍA OTOÑAL ...

CONTRA LA APATÍA OTOÑAL ...

Llegan las lluvias (a los que les llegan), el frío, los catarros, la gripe, l
a caída de la hoja, la recogida de la aceituna ... y uno de lo único que tiene ganas es de estar en su casa calentito ...  

Y para eso, suerte que tenemos ... “RETREMPANDO, EL BLOG DE ILDEFONSO MELERO” Las mejores mujeres de las series de fritangaciencia enseñando cacha (y algunas hasta más), cortesía del Hugh Hefner del fandom español: Superheroínas, actrices de series y de películas, todas ellas calentando al personal (al personal masculino, se entiende) en un blog que levanta pasiones.

Algunas fotos que usted podrá encontrar en el blog:































Han dicho del blog:

“Es un blog la mar de libegal éste de Ildefonso Melego : pogque en este blog se enseña carne como se tiene que enseñar, no como en tanto blog de pdgogueggs que hay por ahí, que las únicas mozas que se ven son Pilar Bagdem y Ana Belén”
Federico, presentador del show radiofónico “Federico el de los Palotes“
 


“¿Qué tal estáis, familia? Este es un blog que os va a gustar a todos los chavales que estáis en una edad que ya ... Y lo mejor es que, como es gratis, podéis ahorraros el dinero para compraros el 'As”, con esos artículos tan estupendos del Relaño y para que os compréis también los partidos del Plus y no los tengáis que ver en los bares, que están llenos de gentuza”
José Ramón de la Mirinda, locutor radiofónico

(Esta vez sí que me he ganado que me crucen la cara. Señor, qué cabroncete que estoy hecho)

domingo, 18 de noviembre de 2007

¿NO HAY SEXO EN LA HISPACÓN?


(El efecto cómico del título anterior aumenta si se tararea con la musiquilla de la canción “No hay marcha en Nueva York” del grupo Mecano, en la que se incluía uno de los más bellos versos de la música pop de los ochenta entonado por una de sus más potentes voces: “que te comen el coco con los telefilmes /pero es un ardid /y estoy loco/por irme a Madrid”)
Por medios que no vienen a cuento ha llegado a este blogete la carta de queja de un asistente a la última Hispaconst, en la que le hace llegar su malestar a uno de los responsables de la entidad organizadora por lo que considera “serias carencias que la Funkdación debería solventar en futuras actividades”
Señor Mario:
Soy (gran borrón de Tipp-ex de un lado a otro de la página), asistente a la convección anual de fantasía, ciencia-ficción y etcétera que se ha desarrollado el primer fin de semana de noviembre en su sede de la calle Max Planck (o Niels Bohr o Enrico Fermi, no recuerdo bien ... nunca he tenido un gran concepto de los físicos que necesitan reactores nucleares para poder hacer descubrimientos) de la Isla de la Chartreuse en Sevilla. La experiencia en general no ha estado mal: como sociólogo que está preparando un estudio que se titulará “Fandom y fracaso existencial” me resulta fascinante ver a tantos aficionados a ese género intercambiar opiniones como personas civilizadas y no he percibido en absoluto esa supuesta incapacidad de interacción social que se les achaca – lo que no quiere decir que cuando se juntan en un corrillo no sea para mantener una discusión absolutamente bizantina sobre los temas más intrascendentes-. Le comento lo del estudio por si le interesa que acuda a algún acto en que cuadre mi conocimiento sobre el tema (o si en alguna boda, bautizo o comunión necesita de un prestidigitador, “Gedeón el Misterioso”, hará las delicias de pequeños y mayores). Además me he pulido una respetable cantidad de dinero en los tenderetes de las editoriales y librerías que acudieron al evento lo cual supongo que habrá contribuido a que sientan su presencia justificada.
A estas alturas de la carta, señor Miramax, usted se estará preguntando que si me lo he pasado bien de qué me estoy quejando: pues se lo voy a explicar. Seguro que usted se habrá dado cuenta alguna vez que haya tenido que volverse del trabajo a su casa a recoger algo olvidado de todo el tiempo que se le habrá ido entre una cosa y otra. O alguna vez habrá metido los pies en un charco y habrá buscado desesperadamente por calles y calles de toda la isla esponjas para el calzado y pañuelos de papel para chupar esa humedad que hace que los calcetines se destiñan sobre los pies. Pues en una situación parecida me encontré yo el pasado sábado a causa de la ubicación de su sede:

El viernes, además de otra mucha gente interesante que acudía a la convección me encontré con varios miembros femeninos de la web de foros www.seducen.com que me ayudaron a conocer la noche sevillana. ¿Qué le voy a contar yo a usted que no sepa? Baste decirle que no asomamos el pelo por ninguna de las actividades programadas antes de las 12 de la mañana, y confieso que si no fuera por ver a una de ellas las limpiadoras del hostal hubiesen tenido que sacarme de entre las sábanas como si fuera una mancha ... nada que no arregle una buena taza de café, pensé mientras me dirigía a la sede de la convección. O un té, le dije a uno de los tres camareros del catering. O Colacao, que tampoco tenían. Afortunadamente, para mantenerme despierto estaba una de las chicas de la noche anterior, en cuya compañía asistí a unas mesas redondas muy interesantes por parte de varios escritores de terror que, como es costumbre, describen la situación de su mercado como pavorosa. Ella y yo pudimos aprovechar las consolas Wii que ustedes incluyeron para que la concurrencia se desahogara dando raquetazos aunque fuera virtuales si se aburrían de tanta charla. Quién me iba a decir a mí que podría sacarle algún partido a las innumerables partidas jugadas con mi sobrino para enseñarle a esa chica cuya identidad no sería correcto revelarle, señor Miramax, a jugar al golf de la Wii atrayéndola a mi vera, apoyando los brazos sobre sus caderas para que cogiera el palo virtual de la mejor forma posible. El ejercicio nos despertó el apetito, con lo que volvimos a tomar conciencia de lo problemático que es comer en la isla un sábado a mediodía. Vimos cerrada la cafetería que hay enfrente de la Fundación, así que acabamos recorriendo durante tres cuartos de hora el recinto de la Cartuja en busca primero de un restaurante representativo de la cocina sevillana, luego simplemente de un restaurante y al final en busca de cualquier sitio en el que nos echaran de comer, fuera lo que fuera. Después me han comentado que había un restaurante abierto ese mismo sábado. Qué pena que no se hiciera anunciar con fuegos artificiales porque así lo hubiéramos visto y no hubiésemos tenido que llamar a un taxi para suplicarle que, por favor, nos llevara al sitio más cercano en el que se pudiera comprar comida.
Además de que el taxi tuvo que venir desde el centro y nos acabó llevando al bar de su cuñado dándonos un bonito paseo por toda Sevilla para que pudiéramos contemplarla en toda su grandeza y en toda su extensión y así el taxímetro también pudiera correr más también me queda el mal sabor de boca (literal) de que el cuñado (un hombre con pocos dientes, pero los pocos tenía se habían quedado con todo el calcio de los que faltaban) tenía el mismo amor por el trabajo bien hecho que su pariente político y nos puso unas croquetas que, al contrario que el taxi, que había prolongado su trayecto por la ciudad mucho más tiempo del imprescindible, habían pasado por el microondas menos, de forma que al hincarles el diente dimos con un núcleo duro, como quien encuentra un premio en el roscón de Reyes, aún por descongelar.
Será porque nada une tanto como las desgracias compartidas, pero tras pedir un segundo taxi que nos enseñó las partes de la ciudad que se había olvidado el anterior, volví a la sede de la Hispacón con mi mano sobre su hombro, como queriendo protegerla de los aparcacoches que andaban por la isla. La primera ponencia que tocaba esa tarde hizo honor a su nombre, al menos en lo que a mí se refiere: la erudita Genoveva Caldwell puso una imagen de un subgénero del fantástico que se hace en Japón conocido como carai, uruguai o rajoi en la que no recuerdo si había monstruos, marcianos o qué, sólo puedo recordar el sonrojo que me vino viendo a la muchacha que salía, cómo salía y todo lo que le salía, y lo primero que pensé fue “Ufff, esta ponencia me pone”.


Esta turbación mía no le pasó desapercibida a mi amiga que, de verme así, debió experimentar una sensación similar, pues dejó su mano sobre mi vientre, no sé si consciente o inconscientemente. Mi mano, que ahora estaba sobre su cadera, la apretaba contra mí y amenazaba con explorar nuevos territorios que es mejor no recorrer en público por el qué dirán. Por suerte, la ponente dio por concluida la charla antes de que perdiéramos el control y salimos corriendo de la sala, olvidándonos de todo lo demás. Recuerdo que mientras nos besábamos apasionadamente en el hall alguien dijo “Eso es chupar caracoles, sí señor”. Mucha envidia es lo que hay. Y poca educación.


Fuimos en busca de un cuarto de baño para tener un poco de intimidad, aunque para eso tuviéramos que pasar por la sala central en la que tenía lugar una conferencia que debía de ser de lo más absorbente porque si no, no se explica que nadie se fijara en dos personas pasando a toda prisa, sofocadas y respirando agitadamente, una con una blusa con más botones desabrochados de lo habitual y otra con la cremallera a medio abrir y lápiz de labios extendido por rostro y cuello.

A estas alturas de lo escrito, señor Miramolín, usted pensará que, quitando las compañías encontradas, no le he encontrado más que defectos a la convección que usted ha organizado. En absoluto. De mi paso por los aseos de la sede de su Fundición guardo un recuerdo imborrable ...limpios, bien cuidados, con sanitarios y portarrollos de primerísima calidad, con una decoración impresionante ... No me hubiera importado permanecer horas y horas en ese aseo acompañado como estaba, pero se podrá imaginar usted que antes o después llegaríamos a un punto de no retorno.

Como la espada de Elric de Melniboné, que una vez desenvainada no permite a su amo llevarla de vuelta a su sitio sin antes haber dado a otros a probar su filo, así me encontraba yo. Pero, ¿dónde estaba el escudo? En el bolso de mi partenaire no. En mi cartera, desoyendo el dicho “No te vayas de hispacones desprovisto de condones”, tampoco. En los aseos ... y es aquí donde quería llegar .... tampoco. Me pregunto yo qué costaba poner una máquina de preservativos, señor Miramax. La de pasiones que deben de haberse frustrado por esa falta de previsión por su parte.

Salí corriendo y pregunté a dos azafatas vestidas de rojo (el color que más me pone) que había en la entrada “Oye, ¿no os quedarán condones?” Algo me dice que sí debían llevar, pero se cortaron pensando que les estaba tirando los tejos, como si estuviera pensando en llevármelas al cuarto de baño también. En fin, las he visto más serviciales y más atentas a que el invitado disfrutara más de la visita.

Ella y yo tuvimos que salir corriendo de la sede hacia la farmacia que yo recordaba que había en la misma calle, a unos 30 metros de distancia (de ahora en adelante, nunca se me olvidará quedarme con todas las farmacias colindantes a las hispacones) ... para encontrárnosla cerrada por ser sábado por la tarde. Nunca en mi vida habré usado palabras tan fuertes para referirme al gremio de los boticarios. Nunca he corrido tan rápido buscando un establecimiento de ningún tipo.
Mientras recorríamos desesperadamente la zona yo veía un un sinfín de sitios que nos permitirían terminar lo empezado lejos de miradas curiosas y aparentemente fuera del alcance de cámaras de seguridad, pero, por más que mirábamos en los planos de
la Isla, de la que yo me sentía tan cautivo como el Número 6 en “El Prisionero”, no veíamos ninguna. Creo que en nuestras vueltas pasamos dos o tres en torno a la reproducción del cobete Arianne que, tal como estábamos, nos pareció fálico a más no poder y, cada vez que lo veíamos yo le recordaba que hay un gran número de alternativas a la penetración clásica. Sin embargo, ella desconfiaba de la proposición que le hacía (porque supongo que más de una vez se la habrían hecho y no la habrían cumplido en todos sus términos): “Tú empieza a chupar, que cuando esté para acabar te aviso”
Nuestro peregrinar por la isla de la Cartuja acabó como tenía que acabar: con mi gozo en un negro y turbio pozo. Ella se plantó y me dijo que tenía que coger al autobús de vuelta a su ciudad natal para participar aquella misma noche en un show con una boa de plumas, una camiseta de la “Legión del espacio” mojada y alguna que otra cosa que ahora no recuerdo en una discoteca para sacarse unos euros que ayudaran a pagar su título universitario de maestría en “Crítica comparada de marquetería islámica y bricolaje hindú” Yo la acompañé hasta el puente de la Barqueta, donde le esperaba un taxi que había llamado para llevarla a la estación de Prado de san Sebastián y desde allí la vi abandonarme. Me volví hacia la isla y, presa de la desesperación, como Charlton Heston en la escena final de “El Planeta de los Simios”, le di la espalda al puente que llevaba a Sevilla y grité “¡Isla de la Cartuja, yo te maldigo!” Volví a la sede de Max Planck con el rabo entre las piernas y con una mirada de rencor hacia las azafatas que seguro que hizo que buscaran en las agendas el número de la policía municipal. Tal era mi grado de excitación que llegué a pensar en vaciar el contenido de un extintor de nieve carbónica de los que había en las paredes de la fundación sobre la zona afectada para devolverla a su estado de reposo y, viendo que los miembros de la junta restora de la Asociación de Horricientástico estaban preparando los trofeos Ignatius que se entregarían durante la cena de gala y que estaban compuestos por dos loscos que se fijaban el uno al otro con pegamento, pensé en pedirles prestado uno de esos monolitos para coger cada una de las partes con una mano y, de un golpe seco, interrumpir el flujo sanguíneo por la zona.
No ayudó a mejorar mi humor ver cómo durante la entrega de premios uno de los ganadores recibía la más ardiente (más que ardiente, al rojo vivo) felicitación por parte de una presentadora de la ceremonia. (El otro presentador al verlos, debió pensar lo mismo que yo y le vi buscar con la mirada un extintor por si la cosa se calentaba en exceso y había que enfriar a la parejita con un buen chorro de dióxido de carbono)
Por tanto, señor Miramar, convaleciente como estoy de una torsión testicular que hubo que tratarme de urgencia en el hospital Virgen del Rocío a causa de la tensión padecida en la zona durante tantas horas, le ruego que abra los ojos y mejore la dotación de la sede poniendo en los aseos una máquina de preservativos, a ser posible con una amplia gama de colores, texturas y tallas,ya que tendrá usted visitantes de todo tipo de culturas y razas. Ustedes están acostumbrados a organizar congresos de rabinos, imanes, solenoides y a saber qué más y nunca habrá salido de unos señores tan adustos y venerables una petición como ésta, pero sepa que más de una pareja puede acabar agradeciéndoselo, quién sabe si hasta poniéndole su nombre a sus hijos.


Atentamente suyo,

Firma ilegible


domingo, 9 de septiembre de 2007

ATRAPADOS EN EL ASCENSOR


Qué mejor banda sonora para oir este post que el clásico “Atrapados en el ascensor”. Si además el vídeo de YouTube nos permite ver en directo a José Luis Moro y a su compinche de gamberradas musicales Mario Gil, miel sobre hojuelas.

La cara de Mario Gil, el que tiene menos pelo de los dos, debería sonarle a muchos de su paso por “El Informal”, pero seguro que pocos le reconocen de su paso por “La Mode” a los teclados y los “sintes”
junto a Antonio Zancajo, guitarrista, y Fernando Márquez, vocalista y letrista. (No se me ocurren dos compañeros de proyecto más dispares que José Luis Moro y Fernando Márquez) Si este país llegara al nivel de otros más desarrollados, los tres estarían viviendo de las rentas y sacando algún disco de cuando en cuando y las emisoras lo emitirían en vez de darle bola a “La oreja de van Vogt” y los espantos de Miguel Bosé o Ana Torroja. En fin ... “son los tiempos modernos que nos toca vivir” (Un musical basado en las cancioncitas de Mecano ... hay que joderse)




Nos han llegado noticias sobre la penosa condición en que se encuentra el aficionado zamorano Marcelino Becerra, fundador del “Círculo Conanianoniano de Sant Felíu de Llobregat” y editor del fanzine “Mandobles de Sangre”, tras los percances que sufrió la primera noche de apagón en la Ciudad Condal.

El aficionado había estado hasta tarde en uno de los aularios de la universidad en la que estudia Filología Semítica (una carrera muy útil si se pretende profundizar en las historias semitas, asirias y macabeas en las que están arraigadas las historias del cimmerio) y coincidió en el ascensor con una compañera que acababa de asistir a una tutoría, Ascensión Garcinuño, capitana del grupo de animadoras del equipo de ajedrez de la facultad. Quién no se ha deleitado alguna vez viendo vídeos en youtube.com de estas pícaras chicas ejecutando complejas coreografías sobre los tableros de taracea marcados con cuadritos blancos y negros: Esos pompones de marfil y ébano, esas escuetas minifaldas también de cuadritos, esos suéters con jaques pastores y aperturas de Capoblanca en los que resaltan las siluetas de los peones de reina, esos cánticos: “Dame una J, dame una A, dame una Q, dame una U, dame una E ... ¡JAAAAQUE!” ... Qué diferencia con las animadoras de los equipos de brisca y tute, que suelen llevar trajes de sotas de bastos o de copas, que francamente realzan poco su figura.

Marcelino, que ya había cogido la manija de la puerta del ascensor, vio cómo venía ella desde el fondo del pasillo. Educado, en vez de entrar directamente para bajarse solo, reprimió su impaciencia contemplando las formas de la animadora (no nos queda constancia fehaciente de que realmente la mirara así, pero ella va presumiendo por ahí de que sí) y de ese medio minuto de espera vinieron todos sus males, pues entre la primera y la segunda planta sobrevino el apagón que hizo que se produjera una frenada brusca y los dos pasajeros sufrieran una fuerte sacudida que los estampó contra el suelo.

No hubo ninguna de luz de emergencia que se encendiera, así que sentirse encerrada a oscuras llevó al pánico a Ascensión, que empezó a chillar y a golpear los botones de una forma descontrolada. Si una situación así preocuparía al más pintado nos podemos imaginar cómo estaría Marcelino que nunca ha sido de los más pintados. El visionado de películas en las que una mujer pierde los nervios de esa manera le llevó a cogerla por los hombros y a sacudirle tal bofetada en la mejilla que tembló el misterio. La chica le respondió con un golpe de karate en el cuello con el canto de la mano que le tiene desde entonces mirando al frente sin posibilidad de girarse a los lados.
Ya un poco más dueños de la situación, empezaron a pedir ayuda a voces y a pulsar el botón de alarma sin que se oyera nada ni nadie diera señales de vida: ni el conserje, ni el vigilante ... se sentían como tragados por una ballena y esperando ser digeridos en su vientre.
Por supuesto, la situación no era la misma: no estaban rodeados de pescado, no rezumaban jugos gástricos de las paredes, no se estaban formando gases intestinales a partir de los procesos digestivos y tampoco se encontraron a Pinocho o a Gepetto, pero seguro que en las tripas de Moby Dick había tan poca cobertura como la que tenían sus móviles aquella noche, con todas las estaciones base de operadoras de las cercanías sin electricidad que las hiciese funcionar.
Al contrario de lo que hubiese hecho la mayoría de los héroes de sus novelas favoritas (invocar a Crom y, con la ayuda de una espada, forzar una abertura en la puerta del ascensor ante la mirada llena de agradecimiento de la damisela, agradecimiento que llegada la noche le demostraría con los senos al aire y las piernas abiertas en torno a las suyas) Marcelino se hundió en la desesperación gimiendo en un rincón “Qué vamos a hacer, qué vamos a hacer, no aguanto más, aquí no viene nadie”
Ella, que tenía más sentido práctico que él, en primer lugar por mujer y en segundo por no participar del sentido friqui de la vida de Marcelino (reconozcámoslo, administrar foros en los que la gente por un lado se queja de que no se hacen películas basadas en sus personajes favoritos y por otro enumerar los defectos de las que sí están basadas, no resulta de gran ayuda para afrontar el día a día) se sentó en un rincón y decidió aprovechar el tiempo pasando revista al estado de aprovisionamiento del piso para hacerse una idea de qué haría falta reponer la próxima vez que se pasara por el supermercado: detergente, limpiamaderas, suavizante, fregasuelos, lejía, champú, jabón, tiritas y agua oxigenada.
Siguió tomando nota de la ropa que tenía pendiente planchar sobre la tabla, de que tenía que devolver un libro de la biblioteca y repasó mentalmente cuánto había pasado desde la última vez que se hizo la cera, y cuánto desde la última vez que le habían hecho en el salón de belleza la depilación brasileña de la ingle. Y, ya que pasaba por su mente esa zona en particular, como un latido le recordó que quizá había pasado demasiado tiempo también desde la última vez que alguien había estado realizando trabajos por allí.



La idea de que fuera Marcelino tampoco le pareció muy desagradable: teniendo donde escoger nunca le hubiese teniendo en cuenta para pasar una noche pero ya que la cosa iba para largo, antes pasar el rato lo mejor posible que quejándose del frío.Además, no tenía pinta de irlo contando por ahí luego. Se lo volvió a pensar cuando le vio acurrucado en una especie de posición fetal que había adoptado pensando que iba a desperdiciar menos oxígeno, así que, viendo que no se había sobrepuesto a la situación, decidió ser ella quien que llevara la batuta.


  • ¿Cómo estás?, le preguntó, acercándose hacia él – Venga, seguro que enseguida vienen a por nosotros antes o después.
  • Espero que si vienen, sea antes de que se acabe el aire en el ascensor. No quiero ni pensar qué pasaría si alguno tuviera gases.

Ante la falta de respuesta por parte de Ascensión, Marcelino cayó en la cuenta de que quizás ese comentario sobre la posibilidad de que él (¡o ella!) tuviera gases burbujeando en su interior y pudiera ser incapaz de contenerlos no había sido bien acogido. Las mujeres del siglo XXI ya no eran las delicadas damiselas del resto de los siglos que tantos quebraderos de cabeza le habían dado de los héroes de las novelas que leía, pero eso tampoco quería decir que no encontraran desagradable cualquier referencia a alguna flatulencia propia o ajena. Había sido un descuido imperdonable por su parte, así que debería superarse a sí mismo si quería tener una oportunidad de quedar bien: demostrar interés, hablar gentilmente, ser un caballero ... cual si fuera John Carter, guerrero de Marte.
Y, poco a poco, supo aproximarse a Ascensión y hacerle sentirse cómoda en su presencia las manos sobre sus hombros y se sintió satisfecho de cómo había sabido reconducir la situación. Ella, por su parte, se sintió satisfecha de cómo le tenía comiendo de su mano y dijo “Ay, abrázame, que no sé cuándo nos van a sacar de aquí”. Por la cabeza de Marcelino lo único que pasó fue “Aprovecha, que así se las ponían a Fernando VII” (las bolas, pero de billar, era lo que le ponían de aquella manera a Fernando VII, del que todos sabemos que usaba paletó)

Llegó un momento en que sus cuerpos no podían aproximarse más sin que las costillas de uno se entrelazaran con las del otro. Se besaron y empezaron a hacerse esas carantoñas tan agradables que no hace falta que describamos en detalle, baste decir que Marcelino disfrutaba enormemente, como hacía cinco meses que no disfrutaba. Ascensión también disfrutaba, nos dicen que como hacía tres semanas que no disfrutaba. Hubieran seguido disfrutando toda la noche (o hasta que se acabara el oxígeno, lo cual resulta bastante probable, ya que determinadas actividades obligan a sus practicantes a consumir más que el ganchillo, por ejemplo, y por eso se jadea) pero les sorprendieron las lejanas voces del vigilante de seguridad que preguntaba si había alguien.

Marcelino, que tenía la cabeza entre pecho y pecho, quiso decir esta boca es mía, pero como la tenía ocupada, ella pudo evitar que dijera nada: hay gente a la que le molesta que le interrumpan cuando está en la cama (qué más da que en ese momento en particular estuviera en el ascensor) quizá porque en su subconsciente temen que tal situación no se vuelva a poder repetir, así que hasta que el acto no llegó a su conclusión con total satisfacción por parte de ambos permanecieron en un discreto y tenso silencio.
 

- Llama a ese tío que si no nos quedamos aquí toda la noche,
Marcelino gritó lo más fuerte que pudo hasta que atrajo la atención del vigilante, que corrió a avisar al encargado de mantenimiento que mediante el panel de control accionó las puertas de apertura. La cabina del ascensor se había quedado metro y medio por encima del suelo, así que vigilante y encargado se prepararon para recoger a Ascensión Desde arriba él la tenía cogida por los tobillos y la iba soltando poco a poco

Cuando le tocó a él tuvo que recordar que él también iba a bajar, aunque los otros dos parecían más interesados en atender a su compañera de infortunio que no en ayudarle a él y ésa fue la causa del desastre: mientras asomaba la cabeza pensando en cómo bajar oyó el ronroneo de los motores del ascensor que otro de los encargados de mantenimiento acababa de conectar a los generadores de gasóleo ubicados en los sótanos de la facultad para casos de emergencia.
De repente la cabina subió aceleradamente con medio cuerpo suyo aún asomando, con lo que costillas y omóplatos fueron a dar contra el marco del ascensor. Todavía no le había dado tiempo a retirarse hacia dentro, con lo que las dos puertas se cerraron sobre su cabeza.

Hubo que llevarle deprisa y corriendo a Urgencias, donde se le intervino de urgencia. De tanta escayola que gastaron con él tuvieron que fijarle un brazo con barro de alfarero (sí, como el que salía en la película “Ghost”, con Demi Moore en el torno) y allí sigue convaleciente. Por suerte, Ascensión monta guardia junto a su cama en el hospital y cuida de que no le falte nada, incluso le lee en voz alta poesías de Lovecraft y de R E Howard.

martes, 28 de febrero de 2006

CIENCIA - FICCIÓN Y MUJERES DESNUDAS: UNA PAREJA NO SIEMPRE BIEN AVENIDA

CIENCIA - FICCIÓN Y MUJERES DESNUDAS: UNA PAREJA NO SIEMPRE BIEN AVENIDA
Ha provocado un revuelo sin precedentes en el mundillo francés el libro publicado por el joven estudioso Marcel Prunette a partir de la tesis doctoral que le dirigió la profesora de la universidad de Sansculotte Sylvie Eisner sobre la relación entre cine de ciencia-ficción y mujeres desnudas. bajo el título “De la fiction scientifique et les femmes nues”, ha protagonizado el debate intelectual las últimas semanas y ha generado gran número de artículos en medios tan prestigiosos como "Le Monde", "Le Pays", "L'ABC", "La raison", "20 minutes" y "La Vanguarde".
En el libro, Marcel estudia y cuantifica las apariciones de mujeres desnudas en el cine de ciencia - ficción desde el principio de este arte hasta la actualidad de forma exhaustiva y con todo lujo de gráficas generadas con la hoja de cálculo Calc de OpenOffice.org: número de mujeres desnudas que aparecen en una película, partes del cuerpo que aparecen al aire, en ropa interior o con ropa ceñida que se transparente, incidencia del desnudo con relación al desarrollo de la película, porcentaje del minutaje total de la película en que aparece una (o más de una) mujer desnuda, número de frases de diálogo que tiene el personaje, ya sea mientras está desnuda o en momentos anteriores en que no lo hubiese estado, etc)


"Sin duda alguna, podríamos marcar el comienzo de una edad dorada con la aparición de Barbarella, interpretada por Jane Fonda, que termina con una oleada de oscurantismo que comenzó en los primeros ochenta, de la cual aún nos estamos recuperando” es el párrafo final del libro.

Sin embargo, han aparecido posiciones críticas, como fue la de la eminente nudista belga Susette Shamffaine en el programa de televisión cultural (valga la redundancia) "Apocalypses" : " El enfoque está sólo parcialmente bien orientado, pues estamos los dos de acuerdo en qué es una mujer desnuda -yo misma suelo andar desnuda por mi casa y me reconozco en la definición que da Marcel de lo que es una mujer desnuda-, si bien el ámbito de estudio falla, en cuanto que obvia el campo de la fantasía, donde ha habido tantas ilustres escenas llenas de mujeres desnudas como en las películas de Conan"

Por otra parte, hay críticas que incluso llegan al terreno personal, como la de Sebastien Choucrout aparecida en el semanario Le canard enchainé http://www.lecanardenchaine.fr : “A este muchacho le está haciendo falta una novia como el comer”

FELIZ DIA DE LOS INOCENTES

 Ya le habréis echado un vistazo a StardustCF , ¿no? Que las imágenes son la mar de bonicas ... ¡Feliz 2024!