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martes, 25 de septiembre de 2012

MARIDOS QUE ENGAÑAN A SUS MUJERES PARA IRSE A COMPRAR TEBEOS

A la gran mayoría de los aficionados a la ciencia ficción, los comics y otras hierbas antes o después le llega el momento de pasar por el altar y comenzar a compartir casa, cama, comedor y cuarto de baño con una persona que, frecuentemente, no tiene el menor interés ni por las andanzas de Miles Vorcrustigan ni por las películas de Harryhausen ni por el contenido del cinturón de Batman. Ellas (o ellos, que también hay) se lo pierden, qué le vamos a hacer.

El/la cónyuge hay veces que pierde los nervios y acaba diciendo "¡los tebeos o yo!" (donde pone tebeos póngase DVD, videojuegos, figuritas de Warhammer o ensayos sobre literatura propedéutica) y más de uno ha dormido alguna noche en el sillón a causa del tema o ha visto cómo la parte que se siente agraviada se ha ido un fin de semana a casa de su madre y volvía (si volvía) con cara de pocos amigos.

Para evitar levantar ampollas alguno evita decir que a la salida del trabajo se ha pasado por su librería favorita o que ha recogido de Correos un envío particularmente voluminoso (o caro, que duele más) O directamente miente, lo cual según la Biblia es un pecado. (Por suerte, la legislación española es más tolerante en ese sentido, porque si no, gran parte de los pescadores de río y de la clase política pasaría algún día que otro entre rejas) Cuántos maridos, ejemplares en todos los sentidos, le dicen a su mujer que han tenido que quedarse en la empresa para cerrar el cuatrimestre y en realidad lo que han hecho es quedar con los amigachos para echar una partida de Munchkin (o de Falling, los partidarios del xalafismo) Luego llegan a casa oliéndoles el aliento a cortezas o a pizza pero, como la esposa desconfiada lo que se teme es que tenga una querindonga por ahí y únicamente busca manchas de carmín en el cuello de la camisa o el olor del perfume barato, la mentirijilla pasa desapercibida y a lo más que se llega es a un leve reproche del tipo "A ver si os cuidáis más en el trabajo que cuando os quedáis no coméis más que guarrerías"


Igual que han aparecido webs que facilitan el adulterio, el sector privado también ha generado sistemas que ayudan a que la parienta no se percate de que su santo sigue dedicando tiempo y dinero a un vicio que no goza del  perdizamiento social de que gozan el fútbol, la televisión de pago o los musicales de Mecano o Abba. En las ciudades más a la última ya hay trasteros comunales en los que cada cliente dispone de varios estantes para ubicar sus ejemplares más preciados, resguardados de las manos pecadoras de esos niños que ya empiezan a morder o a jugar con tijeras (de punta redonda o de la afilada, da igual) y de las visitas relámpago de la suegra criticona que reprocha a su pobre hija que esas estanterías tan estupendas estén desaprovechadas con las tonterías del yerno y que lo que les quedaría bien sería un conjunto de figuras de Lladró (a ser posible payasitos tristes)

Otra línea de negocio que están aprovechando esos estudiantes que ya despuntan en su conocimiento del mundillo es la del "coach freak shopping" que consiste en hacerle la compra en la librería especializada a otro aficionado, ya viejunillo pero con dinero, y entregársela discretamente en un portal cercano a su domicilio intentando evitar que, como ha sucedido más de una vez, algún policía municipal se lo lleve a la comisaría con la impresión equivocada de que se está llevando a cabo un tráfico de sustancias ilícitas.

Sin embargo, ha surgido una voz que se muestra radicalmente en contra de este género de subterfugios: la de Gonzalo Gonyalons, que una mañana aprovechó la hora de la comida para escaparse hacia su casa y llevar un copioso cargamento de novelas de Cordwainer Smith y de Pohl y Kornbluth pensando que no encontraría a nadie y así se evitaría la media hora de charla a la que le sometía su mujer cada vez que le veía con una novela de John Carter.

Cuál no sería su sorpresa cuando, tras oir ruidos provenientes del dormitorio, se encontró a su mujer en la cama con un agregado cultural de la Embajada alemana. Para más inri ella no llevaba su acostumbrado pijama con osos amorosos, sino que llevaba un dirndl, el vestido tradicional bávaro cuyos cordones aflojados ya permitían que se le escapara un pecho. Se conoce que el motivo de tan exótica indumentaria era que Helmut (pues así se llamaba el profanador de tálamos ajenos) no sintiera morriña de su Breisgau-Hochschwarzwald (o Brisgovia- Alta Selva Negra, para los que somos incapaces de pronunciar el nombre original). 
Para que el lector se forme una idea más precisa de lo que estamos hablando, hemos considerado oportuno añadir la foto de eine junge frau llevando un dirdnl

Por si el lector todavía no ha asimilado el concepto aquí no hay una sino dos jóvenes fraulein llevando cada una un dirdnl

Ante la visión de su mujer siendo poseída culturalmente por un individuo ataviado con lederhosen (el traje tradicional del sur de Alemania y el Tirol) Gonzalo montó en cólera y exclamó  "Me cago en Angela Merkel y en Alemania Occidental" (algo de lo que se arrepiente, pues ni la canciller fomenta este tipo de conductas en el personal asignado a su representación exterior ni es ése el nombre adecuado para mencionar hoy día a la nación alemana)
Jóvenes alemanes llevando lederhosen (lederhose, en singular)
Sin embargo, y por si acaso, hay que aclarar que lo que lleva esta mujer no son lederhosen sino un dirdnl

Incapaz de soportar el espectáculo de cosplay germanófilo, dio un sonoro portazo y abandonó su hogar para no volver (aunque posteriormente volvió para llevarse en una furgoneta alquilada 47 cajas de libros) El trauma psicológico y la ruptura matrimonial subsiguientes han hecho de él un ardiente defensor de la salida del armario del friki y de su derecho inalienable a tener en la casa cajas y cajas de tebeos, libros, figuritas y mazos de cartas, le pese a quien le pese, postura que apoyamos sin dudar.


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¿De qué va esto?

No sabéis dónde os metéis .... Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia del todo, pero casi. Friquis, aznarquis, hards, gafapastas, conanianos, trekkies ... todos ellos pasados por la turmix (o la thermomix) de la parodia.